De rutas y paréntesis

Escrito por  Elizabeth Romero 20 Feb 2006

I

Para mí el arte es un paréntesis en la cotidianidad. Un momento o un espacio que se abre en el continuo de la vida diaria; la duración o extensión de este paréntesis es variable, pero la intencionalidad para que suceda es permanente. Aunque cumplo con varias jornadas de trabajo tipificadas, respondo a la vida como artista. Elvira Santamaría me invita a hacer una crónica de Acciones en ruta, un evento de dos días a bordo de un camión en el que viajaremos una veintena de artistas: 6 extranjeros que no conozco, el resto artistas mexicanos y un colombiano, con la mayoría de los cuales me unen lazos de amistad y trabajo. Yo abandono mi quehacer diario, no agendo absolutamente nada para el jueves y el viernes, me voy, me salgo, escapo del escritorio, la cocina, el teléfono para entrar en el paréntesis.

            El problema de escribir una crónica es que si se entiende el tiempo como una sucesión de momentos, éstos habrán caducado para cuando una se siente a escribir con la inherente pérdida de frescura, veracidad y objetividad que este género reclama (con todo y que yo me armé de una grabadora para vaciar impresiones directas); si lo concibo como un lapso, tengo que admitir que al menos yo sigo insertada en este que se abrió la primera semana de junio y según percibo aún no concluye. Resulta que de lo ocurrido en ese lapso conservo resonancias y ecos, y no he terminado de procesar o las imágenes o los pensamientos que esas imágenes suscitan ni tampoco concluir con reflexiones desprendidas de los alcances que esta obra colectiva haya logrado. Así que a veces me detendré en los hechos como en una especie de relatoría y otras me dedicaré a exponer ideas sugeridas a partir de lo visto, percibido y analizado.

II

El miércoles 11 de junio, ya noche, Víctor Muñoz, Alejandro Colín y yo llegamos al segundo piso de un restaurante bar en la Condesa, venimos de la Casa del Tiempo, había concluido el performance simultáneo (tres horas de duración) de los artistas de Black Market International y todos queríamos cenar. En una larguísima mesa estaban ya acomodados Pilar, Luis, Lorena, Fernando, Elvira, Alastair, Boris, Lee, Norbert, Jürgen y Roi, los siete últimos vestidos de negro, cuatro de ellos calvos, uno además portando un sombrero de ala ancha. Cuando unos parroquianos vieron que nos dirigíamos a la misma mesa, no se aguantaron las ganas y le preguntaron a Víctor –también vestido de negro-: “Disculpe joven ¿de qué secta son?”. La seriedad con la que fue hecha la pregunta hizo más chusco el momento y dio pie para pensar que sí, que muchas veces el performance apela a lo insólito, a lo gracioso, a lo grotesco, a lo ilógico para resolver en lo efímero las enormes cargas de lo razonable y lo normal. El nombre mismo del lugar que nos convocó, me resulta delicioso; si este festival es un encuentro de poéticas, el azar quiere que justo en la Casa del Tiempo (hay casa habitación, casa de cultura, casa de muñecas, pero ésta, la de esta noche es “casa del tiempo”) sea el escenario para una temporalidad lúdica y absurda en la que los oficiantes se insertan. La noche está húmeda, ha llovido copiosamente toda la tarde, para conjurar el agua hemos enterrado un cuchillo en el pasto, y algo logramos pues las siguientes tres horas no cae una gota. El desplazamiento de los artistas por el jardín, las escaleras, la fuente, el vestíbulo, la sala del vitral crea angustia entre las ¿trescientas? o más personas congregadas para presenciar; la angustia es contagiosa: ¿si estoy en el exterior viendo a Boris leyendo pasajes de Hegel al gallo Pio Trovsky y a Elvira lanzando hilos a la fachada como si pescara o como si buscara un sostén para derribarla, no me estaré perdiendo  de lo que sucede en el interior?, ¿si adentro veo cómo Norbert crea una instalación con guantes de estambre y piedras y Lee escupe canicas trepado en una mesa, deberé perseguir la estela de espuma y agua que deja un Roi des-vestido de no sé qué? La multitud termina por sosegarse cuando comprende que se ubique en donde se ubique la acción llegará ahí. Una, por cierto, ni siquiera se ha movido: Alastair permanece en el jardín extrayendo de sus bolsillos recuerdos y añoranzas, incendiando avioncitos de papel de fugaz vuelo. Víctor lleva los ojos vendados, a tientas y provisto de un palo de golf, camina errático, pasa una y otra vez por los mismos lugares sin encontrar la salida (condensando la vida misma). Jürgen acaba de llegar y ataca el escenario con sus dos maletas que no caben entre tanta gente (nadie sabe que luego de once horas de vuelo y dos de trámites y traslado, por fin está aquí accionando). Pio Trovsky ha preferido refugiarse entre los arbustos, a donde va  también Boris para completar la lección. Adentro Lee se somete a un corte de cabello con el que después hará una insólita máscara. Jürgen sentado en una silla, consultará un diccionario alemán-español para intentar comunicarse en una lengua que le es ignota y escribe entonces las palabras que encuentra, sintonizará también un radio como intentando aclimatarse a los sonidos de otro idioma y otra música, ahí, en esta silla ahora sillón de peluquería se hará cortar el pelo como para ofrendar algo de sí a tanta otredad. Afuera Elvira ha tendido hilos que van de la terraza a la reja que da a la calle atravesando el jardín, una especie de tendederos a distintas alturas que obligarán a los espectadores a buscar el paso agachándose o bien a chocar con ellos; entonces la situación se vuelve muy graciosa porque unos dan unos pasos  y luego doblan las rodillas, bajan la cabeza, levantan los brazos para abrirse espacio, todo como si bailaran porque los hilos son tan delgados que casi son invisibles; esta mujer –la única en Black Market, la única mexicana- se aproxima a la fuente, frente a ella encenderá cerillos que luego arroja al agua, al terminar este juego de luces instantáneas convertirá la caja en un barquito y lo alentará con sus manos a navegar. Las intersecciones que unos artistas hacen con otros –ya que en ocasiones sus tránsitos confluyen- ha ocasionado que Víctor también se aproxime a la fuente, va con los ojos vendados (después sabré que está contento porque por fin logró llegar ahí luego de deambular como un ciego con su bastón), se mete al agua y con el palo de golf chapalea el agua como queriendo removerla para mejor caminar, con ello moja a Elvira en repetidas ocasiones además de hacer que su barquito vaya tan errático como él que es invidente; ya empapada Elvira responde tomando un cubo de agua de la misma fuente y se la arroja a Víctor que no sabe de dónde y por qué. Adentro, Norbert se viste con pliegos de papel de china multicolor, se confecciona una falda y un corpiño simplemente adicionándose el papel e insertándolo alrededor del cinturón y del cuello de su camisa, luego hace lo mismo en su cabeza y queda completamente cubierto con tres niveles de colores que semejan una gran crinolina de plumas o harapos, luego prende una grabadora en la que se escuchan trinos de pájaros y camina en el salón del vitral, así este hombre corpulento vestido de negro deviene grácil ave tropical, cosa que despierta mi ternura y me remonta a una niñez ansiosa de juego y transformación por vía del disfraz. 

III

Al otro día, muy temprano nos disponemos a un viaje de dos días. A partir del arranque comenzarán las trastocaciones, el tiempo se vuelve el territorio de esta utopía. El trayecto es de por sí una invención. Porque a quién puede ocurrírsele tomar un camión, adentrarse en el tráfico espantoso de la ciudad más grande y conflictiva de cuantas hay y detenerse en lugares remotos e incógnitos para intervenir momentáneamente el flujo de la temporalidad. Sólo a un artista.  Este itinerario  obedece a impulsos, corazonadas, emociones, está también la memoria –la íntima, la colectiva, la personal, la histórica- que tiene que tocar tanto la puerta de la casa de Marcos Kurtycz como la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco –quizá los puntos en donde las esquirlas del recuerdo hirieron más- y la certeza de una cotidianidad múltiple (unos estudian, otros salen a comprar tortillas, unos más descansan en una banca, los más simplemente transitan) para llegar a la explanada de la delegación Iztapalapa, Ciudad Universitaria, el campus Azcapotzalco de la UAM y el Árbol de la Noche Triste –signo atrapado entre el mar de gente y el olvido.  El conductor del camión se llama Jorge Serrano, fue elegido entre sus compañeros por su responsabilidad y porque es el operador más calificado para manejar este autobús marca Mercedes Benz. En su currículum figuran los servicios especiales prestados durante la visita de los Vaqueros de Dallas, el traslado de la selección de fútbol ganadora de la Copa América y la de la comitiva en una de las visitas del Papa. Así que estamos en manos de quien conoce la ciudad y sus rutas y además está habituado a convivir con “invitados especiales”. Ignoro cuántos kilómetros recorrimos, sé que tocamos trece puntos y en algunos de ellos nos enfrentamos a policías y guardianes del orden de los muchos cuerpos de seguridad de esta muy noble y leal, que no entendían y si entendían no transigían sino después de hablar por sus walkie talkies pidiendo la enésima autorización para dejarnos pasar o dejarnos hacer. De estos contratiempos –que se volvieron verdaderos performances- tuvimos varios: en el Zócalo, en el Árbol y el más largo y tonto en Ciudad Universitaria. Subidos en el camión en espera de una “autorización”, se oyó el certero comentario: “El colmo, en la ciudad de la esperanza los artistas necesitan permiso para salir a la calle”. Todo ello a pesar de la estricta organización y logística que requirió hacer trámites, obtener permisos y esos etcéteras previos que no son visibles y en los que trabajaron muchas personas, como la joven artista y productora Janice Alva que rebasó en mucho sus responsabilidades y se convirtió en compañera y aliada.

IV

En la rueda de prensa del lunes 9 de junio, se informa de los lugares que integran la ruta; se explica que algunos de ellos fueron elegidos por su particular carga histórica y emotiva. Los periodistas se inquietan, cuestionan a los artistas de Black Market, si no todos han estado en México antes, cómo van a trabajar en lugares que desconocen, qué van a hacer (creo que en el fondo piensan que es imposible realizar una obra sin ver en dónde o que por respeto al país que visitan, los artistas deberían saber algo de él). Ellos responden: “vamos a reaccionar al espacio”.  La víspera del primer recorrido, los artistas solicitan un poco de información. Ya en ruta, en el camión se acumulan materiales que van de manzanas y jitomates frescos a bastones de madera, un incensario, una pelota, ropas y el aposento del gallo Pio Trovsky (una caja de cartón en la que hay semillas y agua). Entre parada y parada, cada quien va preparando algo; cada vez que arribamos  a un lugar,  efectivamente cada quien husmea con algo más que los ojos, cada quien elige una porción de territorio y ahí se establece o lo designa punto de partida. Al llegar al Faro de Oriente, el camión entra a su vastísimo patio y se estaciona frente al acceso a la fábrica; todos venimos acalorados, la temperatura anda en 28° y la humedad es mayor al 80%, ha llovido torrencialmente durante la última semana por todos los rumbos de esta inmensa ciudad, el sol pesa; al bajar del camión reverbera en los ojos el calor de la plancha de concreto que arde, reverbera en la nariz el olor a basura en descomposición que inunda el ambiente. Poco a poco los estudiantes y maestros van saliendo al patio, poco a poco los artistas van dando inicio. Jürgen extiende cinta negra adherible para construir un cuadrado, le asisten Norbert y Boris, juntos habrán construido dos cuadrados más pequeños insertados en el cuadro grande; en una especie de persecución interminable recorren a distintas velocidades el perímetro exterior del cuadro mayor, van paso a paso, aceleran y siguen corriendo, luego entran a los siguientes cuadros con lo que el espacio para caminar se reduce de tal manera que hacen malabares, contorsiones y actos equilibristas para seguir cabiendo sin dejar de transitar. Jocosidad, risa, rasgos de pudor y cruce de miradas, creo que nos sentimos descubiertos en este juego habitual de correr y dar codazos por conservar un milímetro de territorio, un puesto, una posición, una posesión. Más allá, Katnira camina y se agacha, se levanta y sigue caminando, su marcha sigue las líneas de los bloques de cemento, va y viene de extremo a extremo, recoge clavos, alambres y nudos de alambre oxidados. Lorena demarcó una superficie con pedacitos de papel con una efigie, viste pantalón y blusa negra, coloca una grabadora, cuando vuelvo la vista ya luce un ampón vestido rojo, va descalza, habla mientras instala en el suelo más papelitos (Me acerco, Elvira saca su paraguas que ahora es sombrilla y me convida a guarecerme del sol); Lorena comienza a bailar suavemente, se mece, habla de Enrique Tapia –el maestro de baile de salón que falleció hace unos días-, su foto es la que está en los papelitos; un carro de mulas se detiene, los adolescentes que van ahí miran curiosos atraídos por la música. Pilar colocó en un poste de luz objetos encontrados en el basurero, un disco de 33 rpm de los Beatles y otras cosas, amarra al poste una cinta de audio y jala el carrete, cada vez que la cinta se rompe retorna al poste y repite la operación. Han transcurrido los 20 minutos disponibles en cada parada, debemos volver al camión. A punto de subirnos, Lee comienza a quitarse la ropa, se descalza y hace un bulto con sus prendas, lo coloca en un punto del que se aleja con sus zapatos en las manos (los fotógrafos comienzan a perseguirlo, no entienden que al desplazarse en línea recta y al abrirse paso entre la gente está creando su espacio, lo acosan; él los aleja agitando sus zapatos frente a las cámaras, el momento es angustiante, los fotógrafos parecen creer que está actuando para las cámaras, Lee enfurece, manotea y los enfrenta, aquellos siguen disparando, Lee luce fiero, da palmadas con los zapatos, los fotógrafos por fin entienden y se alejan), 30 metros más allá se detiene, golpea su rostro con los zapatos, se acuesta boca abajo, se pone los zapatos en la espalda y así, pisado, inicia una marcha agobiante, reptando, arrastrándose sobre el candente suelo. Los espectadores hemos enmudecido, la acción es dolorosa, punzante. El esfuerzo de este hombre es evidente, pesa sobre él el rayo del sol, las pisadas de ese poder anónimo que humilla y hace desfallecer, la lejanía de una meta, el mismo camino que agobia, que raspa, que arde. Un silencio respetuoso enmarca la escena. Lee arriba a su destino desfalleciente y lastimado. Esta es la imagen de la vida de muchos hombres que hoy sufren; con esta acción tan contundente y sin complacencias el artista hace un comentario social tan estrujante como la condición de los condenados del mundo.  El ambiente es de conmoción, poco a poco abordamos el autobús, yo acabo de entender a qué se referían cuando hablaban de “reaccionar al espacio”; justo aquí, en este lugar en una de las zonas más pobres de la ciudad, en donde el paisaje es desgarrador –no se requiere información previa para percibirlo- hemos presenciado no sólo la obra producto de la reacción frente al espacio, sino algo meta-artístico: la resolución de un hecho creativo con sensibilidad y arrojo, en instantes pude figurarme a Lee Wen como  quien se arroja al mar para zambullirse tras la perla, completamente inerme, casi desnudo, sufriendo corporal y mentalmente durante su inmersión y al final emerger, agotado y triunfante, con la joya en la mano.

V

Un momento intimista tuvo lugar en San Pedro de los Pinos; el camión entró por las estrechas calles y prácticamente creó una valla para cerrar la cuadra en la que vivió Kurtycz. No sé si todos los presentes conocieron a Marcos, no sé cuántos de ellos lo vieron trabajar, pero el memorial que ahora se le ofrenda está envuelto en una atmósfera de respeto, tristeza y complicidad. Boris está recostado de lado con las piernas encogidas, frente a sí tiene una tacita con granos (¿de trigo?) de donde toma algunos para metérselos en la oreja pausadamente, retardándose en el oficio de llenar una oquedad que no es la de su oreja sino algo abstracto –el mismo sentido del oído, el conducto por donde entran las palabras, el hueco de la ausencia, el puro vacío o nada de esto-, y llega a una imagen completamente absurda. Rueda por ahí una pelota anaranjada cubierta de pegotes rosa encendido que es perseguida y nunca alcanzada por Roi. Luis construye una casa mínima frente a la casa que convoca. Fernando muestra el ombligo al pararse de manos en la pared que acaba de tapizar con frases que narran  un trayecto. Villela está acostada en la tierra de un pradito. Nadie habla, hay un casi silencio si no fuera por el tubo que Sulser agita y del que sale un gemido. Casi silencio, salvo por los clicks de las cámaras. Toda la parafernalia que nos acompaña no parece lógica entre este silencio. Un par de vecinos sale a la calle a ver qué pasa, no más, no hay espectadores ni transeúntes. Pero es casi seguro que Marcos está aquí.

VI

No descifro la frecuencia, no me abstraigo lo suficiente como para precisar el compás; el ritmo parece moroso, me lo dice el propio trance en el que me encuentro, como hipnotizada espero que Alastair extraiga de su bolsa un objeto, o que cambie de postura, o que pronuncie una palabra. El tiempo parece suspendido. No, lo que está suspendido es el movimiento. No, lo efímero está sucediendo, pero muy lentamente. No, en realidad todo es efímero, pero esto ya permaneció. No, esta temporalidad nos tiene atrapados en otra temporalidad, en la verdadera. No, ésta es la verdadera, ésta que se abrió en la otra. Seductoramente confuso y perturbante, el trabajo de McLennan me parece una gema iridiscente, destella a veces por las imágenes logradas, otras por la pura presencia, otras por la imperturbable actitud o por la economía de recursos o los acentos de color rojo o blanco en sus pequeñas instalaciones.

VII

Intervenciones en la ciudad de México fue el subtítulo de Acciones en Ruta. Quizá la más gráfica de todas fue la ocurrida en la explanada de la delegación en Iztapalapa, porque con todo y camión entramos a la plaza. La imagen fue insólita, porque en el Zócalo nos estacionamos frente a Catedral, en la Plaza Río de Janeiro sobre la calle de Orizaba, en los campus universitarios en los estacionamientos; pero esto de entrar, de atravesar un lindero, de posicionarnos en el área para peatones fue muy grato, porque en ningún lugar como ahí realmente intervenimos. La gente que transita por ahí no sabe qué pasa, se acerca sigilosa, alguna permanece a distancia, pero atenta. Como si pisara un terreno minado desconfía, pero poco a poco se incorpora, observa. Sulser se ha coronado con un penacho, infla globos y atraviesa la explanada, llega frente a una estatua de Cuitláhuac y ahí se instala exhibiendo las distintas pieles de la fiel Alter, que a estas altura de la vida sabe más de arte que cualquier otra liebre en el mundo (y ni qué decir de un montón de artistas). Víctor tiene que lidiar con el enésimo policía. La Conge se ubicó entre los árboles para hacer un cerco. Pilar esculpe jabón. Mónica se cubre con un paraguas, lleva un letrero que dice “Si tiene dudas, pregunte”. Jürgen (o Norbert) se ha convertido en estatua de San Sebastián. Luis lee el futuro. Para estas alturas, ya las personas han roto el hielo y han hecho contacto, hacen preguntas, expresan enojo o complacencia, sacian su curiosidad. De pronto la intervención termina, regresamos al camión y salimos de ese espacio, la plaza se serena, la gente recobra su paso. ¿Volverá a ser todo igual?  

VIII

Mi fetichismo habitual tiene sustento en una vocación mezcla de pepenadora, archivista y arqueóloga. Gracias a ello, mi colección de residuos y huellas, documentos y objetos performancísticos crece. Tengo ahora: la hojita untada de esencia que Villela arrancó de un árbol afuera de casa de M. Kurtycz; el naipe 3 de espadas que profetiza “Serás abuela algún día” escrito de puño y letra por Orozco en la explanada de Iztapalapa; el primer dibujo que Muñoz  repartió al público en Casa del Tiempo luego de trazar muchos y depositarlos en una cubeta, cuando se acercó a mí me dijo en un susurro “La proporción es 7 es a 3”; el billete de fantasía de 5 dólares que un Sulser  ataviado con penacho puso en mi mano mientras deambulaba por el Árbol de la Noche Triste; los pétalos de una de las rosas estrujadas por Sandoval en Tlatelolco; un avioncito hecho con una fotocopia que muestra dos niños sonrientes que McLennan lanzó en un jardín (luego le pedí que lo firmara); un globo azul de los de Sulser, recabado en el camión; una casita trazada a ciegas en una tarjeta, obra de Orozco en Ciudad Universitaria; los vales para comida 04, 14 y 15 que nadie nos pidió en el Costa San Juan –allá por el rumbo de Coapa, en donde comimos pescado y Jürgen bailó con Lorena a ritmo de vamos a la playa, oh, oh, oh, oh, oh. En CU le pedí a un camarógrafo que tomara las huellas dejadas por Nieslony en los intersticios entre prados de la retícula de las “islas”, con un gis blanco anotó cifras emanadas de la medición de pasos largos y botes de una pelota a intervalos; por su parte Villela proyectaba hipotenusas con un hilo, luego pasaba un gis azul sobre el hilo para trazar líneas derechitas. En ocasiones, en los caminitos recorridos por ambos hubo intersecciones y así, huellas de uno y otro quedaron yuxtapuestas. Este rastro, que quizá más tarde borraran la lluvia y los pasos de los transeúntes, permanece en mi colección de imágenes mentales tan completamente intangible como perennemente imborrable.

IX

He visto solistas, duetos y hasta una especie de cuarteto de cámara, pero nunca había visto una orquesta de performance, menos una orquesta sin director. En todas las plazas se realizaron al menos cinco acciones, pero la impresión de algo concertado, completamente armónico la tuve en dos ocasiones: en la Casa del Tiempo y en Ciudad Universitaria; sobre todo en ésta última tengo la impresión de acudir a un concierto, sí, ya sé, a un concierto absurdo, más onírico que de la vigilia: sin música pero con tempo, con ejecutantes vestidos a su albedrío, con instrumentos extrañísimos, sin partitura pero fluyendo como algo sabido, que empieza no sé dónde y cuándo, y termina sin que me dé cuenta. La atmósfera parece aprehendida en una lógica como de sueño, en un escenario inmenso a cielo abierto, con la poca luz de la tarde que ha caído y además nubosa, siempre a punto de llover y milagrosamente contenida, es más, los nubarrones negros y cerrados semejan una concha acústica. Aquí, en concierto, todos accionan: Méndez y Fuentes sostienen de los extremos una cuerda adicionada de bolillos; Muñoz camina sin rumbo con los ojos vendados, tratando de encontrar su cubeta; Vaara se amarra diez tazas amarillas, una en cada dedo, se levanta y camina abriendo y cerrando las manos, las tazas devienen péndulos sonoros; Orozco está sentado en el suelo afuera de la casa triangular que construyó con tres palos, dibuja sin ver dirigiendo el lápiz contra sí; Villela deambula cubierta con un velo, escupe monedas; la Congelada va vestida con plástico negro, lleva unas tijeras que entrega a un espectador, éste secciona un trozo y deja al descubierto un poco más de piel; Weng se confeccionó una máscara con el cabello que se cortó en la mañana y un poco de diurex, está en calzones, arrastra un carrito de metal; Nieslony se agacha a rayar el piso; Pio Trovsky picotea el césped, levanta una pata, morosamente la posa para levantar la otra; Sulser hace círculos con su manguera silbante; Lerma enhebra agujas con hilo verde, Mayer sostiene la bandera, cuatro mujeres y tres hombres cosen y charlan, luego cantan muy adentro en el centro de nuestro corazón; vestido con gabardina negra y lentes oscuros McLennan permanece estático en actitud relajada, imperturbable ante lo que suscita en algunos jóvenes ociosos que le cuelgan cosas, lo tocan, lo quieren desestabilizar y finalmente se rinden ante una elegancia que apacigua y un temple que aquieta. Entre los que miran hay complicidad y asombro, pocos hablan y si lo hacen es en voz baja, señalan, algunos están sentados presenciando, pero los más se mueven persiguiendo a los artistas, intentan ver de cerca quizá para descifrar el absurdo. Alucinante. De pronto se acaba.

X

La lectura a los cuatro vientos de algunos versos de dos Icnocuícatl (cantos tristes de la Conquista, originalmente en náhuatl): El llanto se extiende, las lágrimas gotean ahí en Tlateloloco/... y en las paredes están salpicados los sesos/ Rojas están las aguas, están como teñidas/...y era nuestra herencia una red de agujeros preludia mi acción en Tlatelolco, recorro la plaza levantando huellas mediante un frotage sobre un largo rollo de papel que quiere hallar el registro de lo que la versión oficial borró. Muñoz llegó con un enorme costal negro del que fue extrayendo prendas de ropa y zapatos, cada una con una cinta roja atada semejando un hilo de sangre y creó una instalación para rememorar en silencio la vergüenza del reguero de cuerpos. Me interno en esta obra y me siento para decir en voz alta, otra vez los mismos versos y mi voz tiembla. Cuando termino, me acerco a ver la acción colectiva de 5 Black Market que casi ha terminado, me encuentro un retablo, Roi está detenido en genuflexión, lleva una pila de manzanas que parecen sostenerse, Elvira está acostada al centro con su largo cabello extendido a modo de corona solar muy cerca de un zapato de niño instalado por Alastair. Llego frente al portón de la iglesia de Santo Santiago en donde Rosemberg ha concluido ya (después supe que destrozó con sus manos una gruesa de flores y que se hirió con las espinas), al mirar las rosas estrujadas que están esparcidas sobre un lienzo blanco y en el suelo -que son entonces las rosas de la vidas aquí arrebatadas-  me comienza un espasmo y por fin suelto el llanto. De regreso al camión, bajo un sol inclemente, camino y volteo a ver estos mudos residuos (zapatos, camisas, flores, palabras) que permanecerán efímeramente en este lugar, pero que permanentemente emergen (hoy nosotros, mañana unos más) de una memoria que no olvida.

XI

Una de las situaciones que más comentarios ha ocasionado fue la relación con los medios. Por un lado hay complacencia por la inusitada cobertura de prensa, radio y televisión; evidentemente la convocatoria de la UAM es amplísima (aquí quiero hacer mención del trabajo de Estrella Olvera) y logra que prácticamente en todas las secciones culturales, e incluso en las de ciudad, aparezca reseñado el festival. Por otro, hay desconcierto, presumo que nunca había visto en México tal interés por el performance y ahora no sé qué pensar; alrededor nuestro revolotean decenas de reporteros y fotógrafos que quieren la entrevista exclusiva y la imagen más impactante, se suben al camión, nos persiguen y llegan incluso a meter sus micrófonos y cámaras en plena ejecución (como en casa de Kurtycz, en donde, por increíble que parezca, Lorena Méndez concedió una entrevista al tiempo que realizaba un transfer y mientras Fernando Fuentes estaba parado de cabeza en espera de que terminara de hablar). Tanto interés fue motivante, pero no fue fácil trabajar así: escudriñados, observados y acosados para luego enfrentar la  frustración de ver reducido el esfuerzo de crear cerca de 70 piezas al sensacionalismo con el que se reseñó el desnudo de la Congelada en el Zócalo. La nota de CNI noticias de canal 40 la noche del jueves me dejó anonadada, luego de mostrar a Jürgen –asistido por Norbert- cubierto de papel aluminio y expulsando luces de Bengala, se suceden las imagen de  la Congelada de Uva que tiene la cámara sobre ella, en un gesto de salida –ya había concluido su acción-, con su bata puesta, se la abre para mostrar su cuerpo, la mirada va al pubis, la Conge abre las piernas y casi se monta en la cámara. La voz en off reseña, los comentaristas no aciertan a comentar, sin apostar una opinión dudan sobre si esto es arte, además confunden: aseguran que la artista es alemana. Por su parte, la prensa acudió a la misma estrategia haciendo un llamado con una foto sensacionalista y con ello la riqueza y esmero de algunas notas y reseñas pasó a segundo plano. Que un cuerpo desnudo distraiga tanto y siga causando morbo (y no pocos comentarios soeces) es problema de ciertos espectadores, periodistas y editores; lo grotesco como categoría estética es una cosa, el primitivismo y la gratuidad son otra. Ni duda cabe: lo reportado no es proporcional a lo percibido, sino a lo discriminado e interpretado.

XII

Risa, ternura, desolación, piedad, sorpresa, angustia, bonanza, extrañeza. Todo eso ha estado ahí puesto y no me sustraigo a mis reacciones. La intensidad de las emociones responde a la intensidad de las intenciones y también el azar ha hecho su parte. En la Alameda del Sur, Elvira camina masticando un hilo rojo, viene de un camino que confluye alrededor de una fuente, de no sé dónde sale una banda de música que, sin mediar acuerdo, va detrás de ella; los músicos parecen hipnotizados, no dejan de tocar tambores y trompetas y persiguen a Elvira como si se tratara del flautista de Hammelin. En la colonia Roma, en la Plaza Río de Janeiro, Katnira emprende una marcha bordeando la fuente con la estatua del David de Miguel Ángel, va arrojando granos de maíz palomero que suenan al impactarse en el suelo; dentro del receptáculo vacío varios trabajadores desalojan los restos de agua con unos jaladores improvisados con tablas, su marcha es entusiasta y decidida, parece que se suman a la marcha de Katnira como si fueran su coro. Ambos momentos son aleatorios, la eventualidad de estas dos acciones sincroniza con elementos reales e involuntarios, como si el instante creativo y el instante cotidiano estuvieran a la espera para juntarse, para provocar esta hilaridad contagiosa. Se contagió también la ternura despertada de la terquedad con que la pareja Lerma-Mayer decide llevar una bandera herida a la unidad de cuidados intensivos que resultó ser cada grupo de gente congregada para restaurar, coser y arrullar el lienzo tricolor y así aliviar una patria dolida y ajada. Algo muy dulce me despierta observar a Katnira colocando las decenas de alambritos y clavos -que recabó en Iztapalapa y trajo hasta el Árbol de la Noche Triste-, afanosa y esmerada como una niña que extiende el tesoro de sus naderías. Consterna Pilar con su rostro y manos cubiertos durante 9 horas. Angustia Muñoz con el espejo que construye para que miremos el andar errático y ciego y a tientas de nuestras vidas. Y los balidos de Nieslony estrujan y la desnudez de Lee sobrecoge... Se estima también la presencia amistosa de Colín, quien observa y dibuja, y la de la bailarina Anadel a quien los años sólo le han acrecentado la curiosidad.

XIII

En el campus Atzcapozalco Pilar Villela traga papel, se come hojas enteras con la imagen del cadáver de una niñita ahogada con tierra por su propia hermana, cosa que sabemos por el pie de foto. Pilar está arrodillada frente a un poste del que se aleja extendiendo una tira de papel, lo cual la obliga a caminar de rodillas hacia atrás al mismo tiempo que engulle hoja tras hoja. En ocasiones extiende su brazo para mostrar la imagen multiplicada en varias fotocopias que lleva en la mano y con las que sigue alimentándose masticando y salivando lentamente, la gente se acerca, ve la imagen de la fotocopia, retrocede y la deja hacer. Yo estoy sentada presenciando la escena, me angustio, me causa repulsa, me duele lo que está haciendo Pilar, busco a Luis Orozco y le pregunto que si sabe cuánto dura la acción, que él debería detenerla, que si Pilar sigue ingiriendo eso va a vomitar, que se va a enfermar, que es terrible eso de comer papel, que ya se comió cuatro hojas, que bla, bla, bla. Luis se acerca, ignoro qué hizo o qué le dijo a Pilar, pero ella se levanta y comienza a cantar a gritos como si fuera niñita una tonada que habla de las vocales, de las letras, de saber leer. Y entiendo y me avergüenzo de mí, de mi rol de iniciada que no me permitió reaccionar como la espectadora que soy, herida por la crudeza con la que Pilar está diciendo que a diario presenciamos escenas conmovedoras y no nos inmutamos, que a diario nos tragamos kilos de información vomitiva, que permanecemos como castigados y sentenciados frente a los medios para recibir de rodillas una cauda de violencia, injusticia, dolor, morbo, sangre que nos penetra; Villela evidenció la tremendez de que somos letrados y poseemos un código con qué descifrar lo que oímos y vemos y leemos y entendemos y aún así, estamos como muertos: incapaces de sentir y condolernos, menos de detener el horror.

            Después de horas y horas de trayecto el cansancio es evidente, pero el periplo debe completarse. Norbert aún reserva una bella como conmovedora imagen: la de un hombre-muñeco pinchado con agujas de tejer, el cuerpo mismo de este hombre pareciera todo de estambre, la cabeza cubierta con un pasamontañas que oculta los ojos, las mangas tapan sus manos semejando que no las tiene y decenas de punzones clavados en el tronco y la cabeza lo convierten en un fetiche vivo, inerte, olvidado en un prado sembrado de bastones de madera. En este prado Pio Trovsky ha deambulado y más allá, muy allá Boris continúa leyendo entre los árboles, a solas, sin séquito. La Congelada imita a un perro y simula orinar. Lorena baila en un círculo. Mónica y Víctor ondean su bandera. La tarde cae, la lluvia amenaza, los estudiantes poco a poco se alejan. Se presiente el punto final y sin embargo, amorosamente empecinados, permanecemos para ver cumplida la utopía. De vuelta a la Casa del Tiempo -en donde nos espera un copioso y mexicano coctel- son evidentes los estragos de la granizada que fortuitamente esquivamos, la noche gotea, los abrazos llegan. Ya escampado, la luna llena nos saluda.

 

                                               En México-Tenochtitlan, junio-septiembre de 2003

                                                                       Año de los Caracoles

 Elizabeth Romero

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