Saber (gráfico) es poder

Escrito por  Antonio Espinoza 17 Jun 2016

No podía iniciar de mejor manera la exposición: con una serigrafía de gran formato de Richard Serra: Sin título (1989). Al entrar a la primera sala del museo nos jala la mirada otra serigrafía: Savoir c´est pouvoir (1989) de Barbara Kruger. Se trata de una obra inconfundible de la artista conceptual norteamericana, que como sabemos combina en su trabajo imágenes fragmentadas con textos, apropiándose del lenguaje dominante de los medios de comunicación de masas y la publicidad, creando asociaciones plásticas que revelan un contundente contenido sociopolítico. De inequívoco signo posmoderno y estrategia feminista, la pieza mencionada nos ofrece el rostro de una mujer dividido en dos –uno en “positivo” y otro en “negativo”-, sobre el cual aparece el célebre aforismo del filósofo Francis Bacon, a manera de frase lapidaria consumista que busca denunciar la incidencia del poder y el control que ejerce sobre la sociedad a través del lenguaje.

           La obra serigráfica de Barbara Kruger se encuentra en medio de otras obras con imágenes faciales, realizadas por los más diversos autores: Raúl Anguiano, Marco Arce, José Luis Cuevas, Demián Flores, Oswaldo Guayasamín, José de Guimaraes, Adolfo Mexiac, Francisco Toledo, Alfredo Zalce y Nahum B. Zenil, entre otros. Las 17 piezas no están dispuestas de manera lineal sino colocadas estratégicamente en la pared en un montaje museográfico no tradicional. En las otras paredes de la sala sucede lo mismo: saturación de piezas (32 en total) de artistas de distintas generaciones y tendencias, nacionales y extranjeros, vivos y muertos. Sólo una pequeña obra gráfica, una aguatinta de Boris Viskin (Sin título, 2009), se salva del “caos controlado” pues se encuentra solitaria, a un lado del texto explicativo fijado en una pared. Casi cincuenta piezas se exhiben en esta sala, un bombardeo visual audaz en su concepción aunque difícil de digerir.

            Con esta sala cuyo motivo visual es el rostro, inicia la exposición: El saber gráfico. Una perspectiva sobre la colección del Museo Nacional de la Estampa a 30 años de su fundación. Con un título inspirado en la obra ya mencionada de Barbara Kruger, el curador invitado Erik Castillo construyó un discurso que busca destacar la enorme riqueza del acervo artístico del MUNAE (Av. Hidalgo 39, Plaza Santa Veracruz), evidenciando su carácter a un tiempo moderno y contemporáneo, nacional e internacional. La curaduría se despliega en dos niveles. Primero, se nos ofrece una revisión histórica de la producción gráfica, nacional y foránea, en una temporalidad que inicia en el siglo XIX, recorre el siglo XX y llega a nuestros días. Después, dos secciones museológicas (“plataformas”) perfectamente diferenciadas. Una conformada por “imágenes emblemáticas –sugerentes, bellas, poderosas, desde el punto de vista simbólico, formal, retórico, histórico- de las tendencias, movimientos, sensibilidades y discursos de mayor relevancia e influencia en la modernidad decimonónica, en la tardomodernidad vanguardista y en la esfera contemporánea”. Y otra que consiste en “una suite curatorial […] desarrollada bajo el formato de tipología o variación sobre un mismo tema” (Castillo), en este caso la imagen del rostro en la colección del museo.

            Líneas arriba afirmé que en la sala de los rostros (concebida por el curador como una “mini-curaduría paralela a la selección de obras emblemáticas”) inicia la exposición. Viéndolo bien, tomando en cuenta que la distribución de las obras en las salas no es cronológica, la muestra puede iniciar donde sea. Vamos a la última sala, que en un montaje museográfico cronológico debería ser la primera. Aquí tenemos representados a grandes autores gráficos que ilustraron con sus obras la prensa de su tiempo: el francés Honoré Daumier y los mexicanos Vicente Gahona “Picheta”, Santiago Hernández, Manuel Manilla, José Guadalupe Posada y José María Villasana. Se exhiben también en esta sala obras de Leopoldo Méndez, entre ellas su célebre: Homenaje a José Guadalupe Posada (linoleografía, 1953), que tanto ha contribuido a enaltecer la figura del maestro de Aguascalientes.

            En otra sala del museo se encuentran representados artistas reconocidos por su obra pictórica, tanto mural como de caballete. Aquí se reúne obra gráfica de los tres grandes maestros del muralismo: José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Hay también obra de Raúl Anguiano, Arnold Belkin, Federico Cantú, José Chávez Morado y Rufino Tamayo. Si bien no hay obras que se “caigan” pues todas se distinguen por su alto nivel, yo me quedo con las espléndidas litografías de Orozco: Bacanal, Pedregal y Zapatistas (1935). ¿Será que mi admiración por el maestro jalisciense es demasiada? A propósito de admiración, mi querida Estrella Carmona (1962-2011) está representada en una sala donde se exhiben piezas neoexpresionistas, neomexicanistas, fotorrealistas, posmodernas y neográficas. Aquí dialogan obras de George Baselitz, Rafael Cauduro, José Castro Leñero, René Derouin, Felipe Ehrenberg, Vlady y el grupo Suma, entre otros. De la inolvidable Estrella, se presentan dos piezas de su carpeta: Cuatro grabados en metal (aguafuerte y aguatinta, 1992).

            En una exposición como la que ahora me ocupa, no podía faltar el arte crítico y comprometido del Taller de Gráfica Popular. Obras de Ignacio Aguirre, Luis Arenal, Ángel Bracho, Arturo García Bustos, Xavier Guerrero y Alfredo Zalce, entre otros, ocupan una sala del museo. En otra se exhibe gráfica abstracta con obras de Josef Albers, Manuel Felguérez, Fernando García Ponce, Gelsen Gas, Gunther Gerzso, Mathias Goeritz, Kasuya Sakai y Jacques Villon. Una más presenta piezas que, al decir del curador, combinan “formas referenciales al mundo visible con estructuras estilizadas, orgánicas o no referenciales”. Aquí conviven Gilberto Aceves Navarro, Javier Arévalo, Pedro Coronel, Perla Krauze, Luis López Losa, Gabriel Macotela, Carlos Mérida, Irma Palacios y Luis Ricaurte. La muestra concluye en el pasillo que se encuentra afuera de las salas de exhibición, con obras de doce autores, en su mayoría imágenes de animales. Para esto y más da el acervo del Museo Nacional de la Estampa: ¡cuenta con 12,078 obras! 

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